Entrevista a la Ing. Milagros Rossler, ganadora del Premio Pre Ingeniería 2025

Entrevista a la Ing. Milagros Rossler, ganadora del Premio Pre Ingeniería 2025

Hay premios que terminan con una distinción y una foto. El Premio Pre Ingeniería del Centro Argentino de Ingenieros es de los otros: de los que abren una puerta.

Milagros Rossler, ingeniera civil formada en la UTN Regional Santa Fe, ganó el Primer Premio con un trabajo sobre simulación numérica de flujo y transporte reactivo en hormigones drenantes. Como parte del reconocimiento, viajó a Silicon Valley junto a un grupo internacional para recorrer, durante cinco intensos días, algunos de los nombres que definen la tecnología actual: Stanford, UC Berkeley, Google, Meta, Cisco, Electronic Arts, entre otros.

Volvió con mucho más que fotos. Volvió con una red de contactos, con su investigación mirada desde otro ángulo y con una idea que repite a lo largo de toda esta charla: el viaje no fue el final del premio, sino su comienzo.

Le pedimos que nos contara esa experiencia en primera persona. Esto es lo que respondió.

Contanos un día completo del tour, de principio a fin. Queremos que quien lea pueda imaginarse ahí.

Si tuviera que elegir un día que sintetice lo que fue el tour, elegiría el jueves. Eran jornadas muy intensas, prácticamente de día completo, en las que íbamos trasladándonos de una organización a otra y cada visita nos llevaba a un universo completamente diferente.

Ese día comenzamos en Electronic Arts. Para mí tuvo algo muy especial porque juegos como The Sims habían formado parte de mi infancia y, de repente, estaba entrando a ese mundo, pero observándolo desde otro lugar: ya no solamente como usuaria, sino como ingeniera. Pudimos conversar con una de sus profesionales sobre cómo se desarrolla un producto destinado a millones de personas, cómo se escucha a los usuarios y cómo evoluciona con el tiempo.

Después pasamos prácticamente de un extremo tecnológico a otro: visitamos Zoox, donde pudimos conocer de cerca el desarrollo de vehículos autónomos e ingresar a espacios vinculados con su diseño y producción. Ver físicamente tecnologías que muchas veces uno conoce solamente a través de noticias genera un impacto completamente diferente.

Y terminamos la jornada en UC Berkeley, participando de actividades académicas mucho más interactivas: escuchar investigaciones, intercambiar opiniones, hacer preguntas y también contar quiénes éramos y en qué trabajábamos. Eso resume bastante bien el tour: no éramos espectadores, todo el tiempo nos invitaban a preguntar, pensar y participar.

Fue un programa mayormente italiano y vos eras la representante argentina. ¿Cómo fue integrarte al grupo? ¿Quedaron vínculos?

Antes de viajar, una de las cosas que más incertidumbre me generaba era justamente esa. Yo era la representante argentina dentro de un grupo mayormente italiano, ninguno tenía el inglés como lengua materna y, además, era la primera vez que participaba de una experiencia internacional de esta magnitud.

Sin embargo, ocurrió algo muy lindo: el grupo me integró desde el primer momento. El idioma dejó rápidamente de ser una barrera y pasó a ser casi un ejercicio colectivo; todos hacíamos el esfuerzo por encontrarnos en una lengua que no era la propia. Eso me enseñó que para generar un vínculo no hace falta comunicarse de manera perfecta, sino tener disposición para escuchar, preguntar y comprender al otro.

Y los vínculos no terminaron cuando terminó el viaje. Seguimos en contacto, compartiendo oportunidades y acompañándonos en los proyectos que cada uno está empezando. Entendí que una experiencia internacional no vale solamente por los lugares que uno visita, sino también por la red de personas que construye en el camino.

De todas las personas que les hablaron, ¿hubo alguna frase o conversación que te siga dando vueltas?

Más que una única frase, hubo una idea que apareció una y otra vez en conversaciones con personas de trayectorias completamente diferentes: no esperar a sentirse totalmente preparado para animarse a dar el siguiente paso.

Muchas de las personas que conocimos no habían construido carreras perfectamente lineales. Habían cambiado de industria, de país, de rol, habían tomado oportunidades que inicialmente no estaban dentro de sus planes y muchas veces habían aprendido mientras avanzaban. Me quedó una conclusión muy sencilla: no hace falta sentirse completamente preparado para asumir un desafío; muchas veces uno se prepara mientras lo está atravesando.

También aparecía constantemente la idea de probar. Transformar una idea en algo concreto, evaluar qué funciona, aprender cuando no funciona y volver a intentarlo. No interpretar el error como el final del proceso, sino como información para tomar la siguiente decisión.

¿Cuál fue el momento más difícil o incómodo del viaje?

Probablemente el comienzo. Sentía bastante incertidumbre porque era mi primera experiencia internacional de esta magnitud. Había ganado un premio muy importante, viajaba como representante argentina, iba a encontrarme con profesionales de empresas y universidades de enorme reconocimiento y sabía que tendría que desenvolverme constantemente en inglés.

Curiosamente, una de las primeras personas con las que charlamos conocía muy bien Argentina, había viajado varias veces e incluso había vivido un período en nuestro país. Puede parecer un detalle pequeño, pero me generó una enorme sensación de cercanía. A partir de ahí empecé a soltarme, a preguntar y a contar mi propia experiencia.

Y eso terminó siendo uno de los aprendizajes personales más importantes del viaje: descubrí que podía desenvolverme en espacios que inicialmente me intimidaban y que no necesitaba dejar de ser quien era para pertenecer a ellos. Al contrario: mi formación y mi origen también eran algo que podía aportar a la conversación.

¿Qué te sorprendió que fuera distinto de la imagen que tenías de Silicon Valley? ¿Algo más mito que realidad?

Me sorprendió mucho el contraste. Por un lado, hay momentos en los que efectivamente sentís que estás viendo el futuro: vehículos autónomos circulando, empresas desarrollando tecnologías que hasta hace poco parecían ciencia ficción, una enorme concentración de personas pensando permanentemente cómo transformar una idea en un producto.

Pero, como ingeniera civil, inevitablemente también miraba la ciudad y la infraestructura desde otra perspectiva. Y ahí apareció una contradicción que no esperaba: la frontera de la innovación tecnológica convive con problemas urbanos y de movilidad mucho más tradicionales. Me llamó la atención que desplazarse por la región no siempre fuera tan sencillo como imaginaba.

Eso rompió un poco el mito de Silicon Valley como un lugar donde absolutamente todo está resuelto. Hay innovaciones extraordinarias conviviendo con problemas cotidianos todavía abiertos. Y, para una ingeniera, eso también es inspirador: si todavía existen problemas, todavía existen cosas por diseñar, investigar y mejorar.

Pasaste por rubros muy distintos. ¿Encontraste algún hilo común entre ellos?

Sí, y paradójicamente el hilo común no fue una tecnología específica, sino las personas.

Podíamos pasar de redes a videojuegos, de inteligencia artificial a almacenamiento de datos o vehículos autónomos, pero aparecían constantemente las mismas ideas: equipos interdisciplinarios, capacidad de escuchar, comunicación clara, empatía, liderazgo y mucha disposición para probar soluciones.

Me llamó especialmente la atención cuánto insistían en las habilidades humanas en un momento en el que se habla tanto de inteligencia artificial. La tecnología puede cambiar muy rápido, pero un proyecto sigue necesitando personas capaces de trabajar con otras personas: entender necesidades, comunicar una idea, aceptar una crítica e integrar conocimientos diferentes.

¿Qué te llevaste en lo personal, más allá de lo profesional?

Sobre todo, una ampliación de lo que considero posible. Yo había terminado recientemente mi carrera de Ingeniería Civil y estaba en ese momento en el que una empieza a preguntarse qué viene después. Poder conversar de igual a igual con investigadores y personas que habían construido carreras internacionales hizo que muchas posibilidades que antes veía como lejanas empezaran a parecerme caminos concretos.

También aprendí bastante sobre mi propia capacidad de adaptación. No volví pensando que ahora tenía todas las respuestas. Al contrario. Volví con muchas más preguntas sobre mi futuro, pero también con algo que considero más valioso: más confianza para intentar responderlas.

Ya de vuelta en Santa Fe, ¿qué es lo primero que hiciste con lo que aprendiste?

Una de las primeras cosas fue volver a mirar mi propio trabajo con otros ojos. Después del viaje comencé a tener reuniones para revisar algunas líneas del proyecto y pensar cómo orientar parte de ese conocimiento hacia problemas más aplicados y con mayor potencial de transferencia.

También empecé a contactar universidades e investigadores que conocí o que surgieron a partir de esas conversaciones, pensando tanto en posibles colaboraciones como en mi formación de posgrado. No significa que de un viaje surja inmediatamente un proyecto conjunto formal, pero sí sucede algo muy valioso: se abren canales de conversación que antes directamente no existían.

Y eso es quizás una de las mejores formas de medir el impacto del premio. El aprendizaje no quedó encerrado en esos cinco días. Volvió conmigo a Santa Fe, entró en mi grupo de investigación, en las conversaciones con mi universidad y también en mi actividad docente. Ahí aparece el verdadero efecto multiplicador de una experiencia como ésta.

Premios como el Pre Ingeniería buscan abrirle puertas a estudiantes que recién empiezan. ¿Qué creés que representa este tipo de reconocimiento para la ingeniería argentina y para quienes vienen detrás?

Creo que tienen un valor enorme, porque reconocer tempranamente a un estudiante no significa solamente premiar algo que ya hizo: significa también apostar por todo lo que todavía puede llegar a hacer. Cuando una persona está terminando Ingeniería, muchas veces todavía no dimensiona el valor de un trabajo que desarrolló ni hasta dónde puede llevarla. Que una institución como el Centro Argentino de Ingenieros mire ese trabajo, lo reconozca y después le permita tener contacto directo con otros ecosistemas académicos y tecnológicos genera un salto enorme.

Y ahí existe también un beneficio para la ingeniería argentina. Cuando uno de nosotros accede a una experiencia internacional, el conocimiento no debería terminar en esa persona. Vuelve al grupo de investigación, a la universidad, a los estudiantes y a los proyectos futuros.

El talento joven necesita formación, pero también necesita que alguien le abra una puerta en el momento adecuado. A veces una sola oportunidad alcanza para cambiar la escala con la que una persona empieza a imaginar su futuro.

Si tuvieras enfrente a las personas del CAI que impulsan este premio año a año, ¿qué te gustaría que sepan sobre lo que significó para vos?

Me gustaría que supieran que el impacto de una iniciativa como ésta es mucho mayor que el que probablemente se alcanza a ver cuando se organiza el premio. Desde afuera podría parecer que el reconocimiento termina con una distinción y un viaje. Para mí ocurrió exactamente lo contrario: el viaje fue el comienzo.

Me permitió conocer otras formas de trabajar, acceder a empresas y universidades que difícilmente hubiera podido conocer por mi cuenta, construir una red internacional, repensar mi investigación y, sobre todo, ampliar la escala de mis propios proyectos profesionales.

Yo estaba dando mis primeros pasos como ingeniera. Que una institución con la trayectoria del CAI decidiera confiar en mi trabajo y hacer una inversión tan importante en mi formación tuvo un significado personal muy fuerte: alguien estaba diciendo que valía la pena apostar por lo que podía construir a partir de allí.

Por eso, si tuviera a quienes sostienen el Premio Pre Ingeniería enfrente, además de agradecerles, les diría que sigan haciéndolo. Porque no están financiando solamente un viaje: están acelerando trayectorias, conectando a jóvenes ingenieros argentinos con el mundo y creando oportunidades cuyo impacto puede continuar durante muchos años.

La historia de Milagros Rossler resume el sentido del Premio Pre Ingeniería: reconocer no solo lo que un joven ya construyó, sino todo lo que puede llegar a construir. Un trabajo de investigación que empezó en un aula de la UTN Santa Fe terminó abriendo conversaciones con universidades e investigadores del otro lado del mundo, y hoy vuelve, multiplicado, a su grupo de investigación y a sus alumnos.

Desde el Centro Argentino de Ingenieros seguimos apostando por el talento joven de la ingeniería argentina. Porque, como dice Milagros, a veces una sola oportunidad alcanza para cambiar la escala con la que alguien empieza a imaginar su futuro.